Mino, Desconcertante | Las Magistrales lecciones de pintura en el Colegio Claret

Las pinturas que dejó nuestro gran hermano claretiano, Maximino Cerezo Barredo, en 2004 en el Colegio Claret de Cali dejaron huella —y desconcierto— en la comunidad educativa… y se suman a esa obra colosal de quien, con toda razón, será recordado siempre como el pintor de la liberación.

      Lo del des-concierto, como motivo de inspiración de sus cuadros y murales, pero también como pro-vocación, podría definirse como un rasgo de su personalidad, su arte y su vida misionera. Recordemos algunos momentos: el rechazo de algunos integrantes del Gobierno general al boceto de mural para la capilla del Claretianum, en Roma, por no considerarlo apropiado para ese espacio sacro del teologado internacional de los años 60; los serios cuestionamientos y reproches de los católicos rancios y de un sector de la Conferencia Episcopal Española a la nueva presentación y contenidos de la revista claretiana Iris de Paz, que pasó a manos de un equipo joven y competente del cual hacían parte Maximino, Pedro Casaldáliga y Teófilo Cabestrero, entre otros, quienes la transformaron de revista devocional mariana en Iris, revista de testimonio y esperanza; la presión que ello les generó, unida a su convicción misionera, los llevó a optar por nuestra América Latina, su teología de la liberación, sus comunidades de base, la inculturación y la defensa de los derechos humanos, con las trayectorias, impacto y producción que bien conocemos.

      Hubo gran desconcierto, aquí en Colombia, por dos espléndidos murales de Mino en lugares emblemáticos: la catedral de Quibdó y la capilla del Instituto de Pastoral del CELAM, que funcionó durante muchos años en Medellín. Esta vez, las desconcertadas fueron las autoridades eclesiásticas de la época, que quisieron borrarlos por considerarlos representaciones populares y denuncias impropias del escenario y del rito litúrgico. Afortunadamente, las coplas del chocoano Miguel A. Caicedo fueron concierto de defensa de la visual y poderosa catequesis de la catedral, pero el cambio y remodelación de sede del CELAM acabaron con el otro manifiesto artístico y profético de nuestro maestro.

        Cuando Mino aceptó la invitación de visitar y hacer algo en el Colegio Claret, después de una de sus estadías de renovación misionera y expresión artística evangelizadora en el Chocó, el equipo de pastoral le pidió materializar un sueño: un mural que representara a Claret adolescente, ante el dilema del telar o la cruz… Su silencio por respuesta nos desconcertó. Recorrió los diferentes espacios del campus y escogió el auditorio Mons. Isaías Duarte Cancino, de bachillerato.

        Como fue siempre su costumbre, se puso a trabajar, alternando el encierro sigiloso con paseos y tertulias breves y espontáneas con estudiantes, profesores y comunidad. Cuando concluyó y se programó la presentación de su nueva obra en presencia de representantes de todos los estamentos colegiales, esto fue lo que vimos:

        Vino el diálogo:

        —¿Qué quisiste pintar, Mino? ¿Qué representa ese tríptico?
        —Lo que veis: formas y colores… ¿Qué os sugieren?
        —Un diseño como el de las molas de los kunas de la frontera con Panamá —sugirió la profesora de Sociales—.
        —Progresiones, ecuaciones y simetrías —aventuró el de Matemáticas y Geometría—.
        —Una respetuosa y original alusión a la Santísima Trinidad —añadió la de Educación en la Fe—.
        —Un vibrante, equilibrado, divertido y atractivo juego cromático —conceptuó el de Artes—.
        —Yo no sé nada de arte, pero me parece muy bonito y decorativo —comentó, en voz baja, la de servicios generales—.
        —Chévere… bacano… elegante… cool… —se les oyó decir a los estudiantes de diversos cursos—.
        —Es todo eso y nada de eso —sentenció Mino—, pero me gustan vuestra mirada, vuestra curiosidad y respuestas. No siempre hay que buscarle significado a la pintura; la abstracción es otro modo y lenguaje de expresión. En este caso, vi que este es un espacio del encuentro, la palabra y las otras artes; no cabía aquí una escena distractiva ni entrometida en la cátedra, la recitación o el diálogo… si acaso, una llamada a la atención, una decoración distinta, el pretexto para un regalo fino, virtuoso y sugerente.

        Apareció de nuevo en los cuadros del auditorio el rasgo más destacado y convincente del exuberante arte de Mino: su compromiso total —respetuoso y disruptivo, a la vez— con la realidad para la cual creaba; la estética casera, artesanal y movilizadora al servicio de las causas de los ojos que lo ven y de sus entornos.

        —Ahí tenéis al chico, ya escogida la cruz y siguiendo a Claret, el poseído y enviado del Espíritu. Están también una chica y el barrio de Aguablanca, como tributo de mi admiración por esa gran proyección que es el Colegio Claret Satélite, del sector pobre de la ciudad.
        —Una vez más, querido Mino, exaltas la realidad y haces de ella protagonista, opción artística y misionera… Pero hemos de
        confesarte que, una vez más, nos desconciertas con los rostros poco contentos del Padre Fundador y el Espíritu…
        —No fue nada fácil su vida, ni la de nuestros pueblos hoy… y tal vez retraté algo de la mía, con sus cansancios y la desesperanza ante una liberación que no llega…

        Así se quedó Mino Cerezo, para siempre en el Colegio Claret, educando, desconcertando en colorido silencio, con la desafiante grandeza de su arte.

        Que bien vienen sus palabras, en una de sus múltiples entrevistas, como cierre de esta evocación:

        “Dejo las evaluaciones y los análisis retrospectivos sobre mi trabajo artístico a los críticos de arte. Lo que me siento capaz de decir hoy, repensando mi experiencia como pintor y sacerdote misionero, es que los treinta y cinco años vividos en América Latina —donde fui llamado ‘pintor de la liberación’— representan el periodo en el que logré vivir con mayor coherencia e intensidad el arte y el compromiso social y pastoral. Como me ocurrió a mí, en esas décadas, la reflexión teológica influyó en la espiritualidad, el pensamiento y la acción de muchos artistas, pintores, músicos, poetas, que tomaron la decisión irreversible de optar por los pobres, de comprometerse en primera persona con la eliminación de las causas de la injusticia.

        Hoy es legítimo y oportuno hacerse las preguntas: ¿qué ha sido de toda esta lucha?, ¿qué queda de aquel enorme esfuerzo creativo?… ¿y la liberación?”

        P. José Fernando Tobón, CMF