

Hay dos sitios en Quibdó, capital del Departamento del Chocó, que pueden responder, con creces, a las exigencias artísticas que alguien quiera encontrar en la selvática, distante y poco famosa ciudad de Quibdó (Chocó). ¿Quién va a Quibdó en busca de arte? El Chocó tiene fama de tener magníficos escritores y muy buenos artesanos, pero no famosos pintores. Es cierto que Maximino Cerezo es español, pero también es cierto que en nuestra América Latina se le despertaron y reorientaron (quizás mejor, se le acentuaron y canalizaron) sus tendencias pictóricas nativas. Somos muchos los testigos de lo que significó para Mino, en cercanía y amistad, el mundo afrodescendiente para su pintura: un mundo que tomó vida en su corazón para de ahí pasar a su pincel y su palabra.

Quienes vivimos junto a él podemos dar testimonio acerca de lo mucho que lo inspiró el mundo afrodescendiente -la corporalidad masculina y femenina- para que él nos llegara a transmitir, en formas y colores, la profunda riqueza que él encontró y compartió con el mundo afrochocoano. Nos basta visitar la catedral de Quibdó y los salones del así llamado “Convento”, también en Quibdó, para palpar qué tipo de pintor es Mino. No importa que su principal y monumental obra pictórica repose en la lejana y poco importante región del Chocó, el occidente más selvático de Colombia.
Ahí encontramos cuadros y cartillas que dan perfecta cuenta de la belleza y capacidad de evangelizar que tienen las obras pictóricas de Mino. Ojalá conserven la belleza, en formas, color y mensajes, que su autor captó y nos entregó con la confianza de que entenderíamos, admiraríamos y conservaríamos el regalo que un evangelizador claretiano latinoamericano sería capaz de entregarnos por simple gratitud, por haber sido sus amigos y compañeros de apostolado entre los pobres. Cuerpos, rostros y miradas bellamente dibujados, todos ellos reveladores del alma, seguirán, por tiempo indefinido, evangelizando en una región donde la corporalidad es y seguirá siendo mediación de amor y, por lo mismo, también mediación evangelizadora.


Que el compromiso artístico de nuestros pueblos afrochocoanos tan empobrecidos, valoren, asimilen y defiendan la belleza de unas obras de arte que valen la pena perduren, ciertamente en un clima adverso, pero también en unas comunidades humanas que saben ser conscientes del gran encargo que la historia les ha dado: saber conservar para la posteridad el inmenso regalo de unas obras pictóricas reconocidas como arte porque nos regalan el hermoso, aunque no fácil de reconocer y valorar, mundo artístico afrochocoano.
Algún día nuestros corazones le entregarán a Mino Cerezo la gratitud que merece la belleza que él nos regaló, por la sencilla razón de querer seguir viviendo con sus obras de arte, en medio de un pueblo que las valoró, y las sigue amando y admirando, pues las sintió como suyas, y continúa hoy haciéndolo, con la gratitud y la responsabilidad de quienes han recibido el encargo de admirar y proteger unas pinturas que ya tienen el calificativo de inmortales de parte de un pueblo que sabe valorar las obras de alguien que supo ser amigo y hermano del pueblo chocoano y vibrar con las cosas que nacen del mismo, cuando están revestidas de simplicidad y, por lo mismo de hermosura. Esto son las pinturas de Maximino Cerezo que la Diócesis de Quibdó (Chocó) sigue ofreciendo a quienes amen la belleza que genera el arte, cuando el artista ha sabido recoger, guardar, proteger y expresar en su momento los sentimientos de amor, de respeto y de valoración artística, que el pueblo ya le ha entregado a cada una de esas obras de arte, que Maximino Cerezo quiso regalarle a los ojos y a los corazones con los que se encontró en el Chocó y que seguirán generando, por mucho tiempo, amistad, aprecio y gratitud.




P. Gonzalo M. de la Torre Guerrero, CMF