Roma, 12 de agosto de 2026
Querido P. Armando Valencia, Provincial,
Queridos hermanos de la Provincia de Colombia-Venezuela:
Quiero hacerles llegar mi cercanía fraterna y solidaridad ante los terremotos que, en estos últimos días, han golpeado primero a Venezuela y ahora a Colombia. En poco tiempo, la tierra se ha estremecido a ambos lados de la Provincia, dejando temor, sufrimiento y daños en muchas familias y comunidades.
Ante todo, damos gracias al Señor porque ninguno de nuestros hermanos claretianos ha sufrido daños personales. Al mismo tiempo, nuestro corazón está con tantas personas afectadas, especialmente con quienes han perdido sus casas o sus bienes, han visto alterada su vida cotidiana o viven estos días con miedo e incertidumbre. Compartimos su dolor y los llevamos en nuestra oración.
También algunas de nuestras comunidades y obras han sufrido daños importantes. Hemos recibido noticias de las afectaciones en el Campus Nuevo de Uniclaretiana en Quibdó; en el templo y la casa cural de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y en el Colegio Santa Dorotea en Cali; y, de manera particularmente grave, en la Parroquia Claret de Pereira, cuya estructura ha quedado seriamente dañada. Todo ello requerirá una evaluación cuidadosa y, posteriormente, un esfuerzo compartido de recuperación y reconstrucción.
En medio de esta dolorosa realidad, quiero expresar especialmente mi gratitud y aprecio por la respuesta de la Provincia. Cuando Venezuela fue golpeada, nuestros hermanos se movilizaron para estar cerca del pueblo y sumarse a los esfuerzos de solidaridad. Ahora, cuando también Colombia ha sido afectada, esta misma actitud de cercanía, servicio y cuidado adquiere todavía mayor significado. En momentos así se hace visible de manera sencilla y profunda nuestra vocación misionera: compartir la suerte del pueblo, permanecer junto a él cuando sufre y ayudar a que la esperanza vuelva a levantarse.
Me alegra igualmente la comunión que esta situación ha despertado en otros lugares de la Congregación. Durante mi reciente visita canónica a Centroamérica pude conocer la campaña que allí se promovía en favor de Venezuela. Las llamadas, mensajes, oraciones y otros gestos de cercanía que ahora llegan también a Colombia expresan algo hermoso de nuestra familia misionera: cuando una parte sufre, todos estamos llamados a acercarnos, y la comunión se convierte en solidaridad concreta.
Agradezco al Gobierno Provincial, a las comunidades y a cuantos están respondiendo con serenidad, responsabilidad y espíritu fraterno. Junto con la necesaria evaluación de los daños materiales y la búsqueda de medios para la reconstrucción, los animo a mantener en el centro a las personas, especialmente a las familias más vulnerables y a quienes necesitan acompañamiento para recuperar seguridad y esperanza. Los edificios podrán reconstruirse; nuestra primera misión es ayudar a las personas y comunidades a ponerse nuevamente en pie.
Queridos hermanos, gracias por permanecer junto al pueblo de Colombia y Venezuela en esta hora difícil. Que nuestra presencia fraterna y solidaria sea un signo humilde de que Dios no abandona a su pueblo, incluso cuando la tierra bajo nuestros pies parece perder su estabilidad.
Me uno de corazón a las palabras con las que el Provincial concluye su mensaje: “La tierra puede estremecerse. Nuestra fe, fraternidad y esperanza, no.” Que esta convicción nos sostenga y se traduzca en cercanía, servicio y esperanza para quienes más sufren.
Que el Corazón de María, Madre de la Esperanza, proteja a nuestros hermanos y comunidades de Colombia y Venezuela, consuele a todas las familias afectadas y nos enseñe a permanecer cerca de quienes sufren. Cuenten con mi oración, mi afecto fraterno y la solidaridad de toda la Congregación.
Con afecto fraterno, gratitud y comunión en la misión,
Mathew Vattamattam, CMF
Superior General