Mensaje del Superior General – 177º Aniversario de la fundación

Queridos hermanos,

Al celebrar el 177.º aniversario de la fundación de nuestra querida Congregación, os invito a realizar una peregrinación espiritual a una sencilla habitación del seminario de Vic. Allí, el 16 de julio de 1849, San Antonio María Claret se reunió con cinco jóvenes sacerdotes para dar inicio a una aventura misionera que ninguno de ellos podía imaginar que un día llegaría hasta los confines de la tierra.

Entremos en aquella habitación en silencio. Contemplemos el corazón de nuestro Fundador. ¿Qué ardía en su interior? ¿De dónde brotaba el valor para comenzar con tan pocos recursos? El mismo Claret nos da la respuesta. Reconoce que el Señor había dado a sus compañeros «el mismo espíritu que a mí me animaba» (Aut. 489). Diez años más tarde, al recordar aquel día inolvidable, volverá a afirmar que la Congregación nació de «unos pocos sacerdotes reunidos, animados por el mismo espíritu» (Carta al Nuncio Apostólico Lorenzo Barili, 29 de Julio de 1859). No fue simplemente el nacimiento de un nuevo instituto. Fue obra del Espíritu Santo, que unió aquellos corazones en un mismo fuego misionero.

Claret quiso que aquella nueva familia llevara un nombre que expresara su identidad más profunda: Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Aut. 488). Antes que una estructura o un cuerpo apostólico, somos hijos. El Corazón de María es el hogar donde se forja nuestra identidad misionera. Bajo su guía maternal aprendemos a configurarnos con su Hijo, Jesucristo, el Enviado del Padre para anunciar la Buena Noticia a los pobres. Ser hijos del Corazón de María significa dejarnos modelar por ella hasta que Cristo ocupe el centro de nuestros pensamientos, de nuestros afectos, de nuestras relaciones y de nuestra misión.

La primera comunidad comprendió bien esta verdad. Claret los reunió para formar una comunidad de evangelizadores. Entre las primeras meditaciones que les ofreció estaba el Salmo 23, especialmente estas palabras: «Tu vara y tu cayado me infunden confianza.» Les enseñó a descubrir su fortaleza en dos dones inseparables: la cruz de Cristo y la protección maternal de María. De estas dos fuentes brotó la valentía para perseverar en medio de las dificultades, las incomprensiones, la pobreza y las inmensas fatigas de la misión.

Hoy, después de 177 años, las circunstancias externas han cambiado, pero el Espíritu sigue siendo el mismo. También nosotros estamos llamados a respirar el mismo Espíritu misionero que sostuvo a nuestro Fundador y a generaciones de Claretianos que anunciaron fielmente el Evangelio en todos los continentes, muchas veces en medio de grandes sacrificios. Claret se alegraba de que sus primeros compañeros hubieran perseverado y dado abundantes frutos en la Iglesia (Aut. 490). Su perseverancia no fue fruto únicamente de su esfuerzo personal, sino de permanecer arraigados en el Espíritu que los había llamado.

Este aniversario nos invita a preguntarnos: ¿seguimos respirando el mismo Espíritu? Un cuerpo del que se ha retirado la vida se convierte en un cadáver. Del mismo modo, una Congregación que deja de estar animada por el fuego del Espíritu Santo corre el riesgo de convertirse en una institución, en lugar de seguir siendo una familia misionera viva. Un árbol con raíces superficiales no resiste la fuerza de la tormenta. Sin raíces profundas en nuestro carisma misionero, tampoco nosotros podremos perseverar en medio de las pruebas e incertidumbres de nuestro tiempo.

Lo mismo sucede con cada uno de nosotros. Un misionero que poco a poco pierde el espíritu vivo de su vocación puede continuar realizando muchas actividades, pero corre el riesgo de convertirse en un funcionario eficiente más que en un testigo alegre del Evangelio. El ministerio puede transformarse en una profesión en lugar de una misión; las responsabilidades pueden convertirse en cargas más que en expresiones de amor; la comunidad puede reducirse a un simple lugar de residencia, en vez de ser una fraternidad de discípulos misioneros. Se puede estar muy ocupado sin ser verdaderamente fecundo; muy activo sin estar interiormente vivo. Lo que mantiene vivo al misionero no es, ante todo, la cantidad de obras que realiza, sino el fuego del Espíritu Santo que arde en su interior. Solo quien renueva continuamente el don recibido puede comunicar vida a los demás.

Nuestras Constituciones nos recuerdan que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, y que ese mismo Espíritu construye nuestra comunión y fortalece nuestro compromiso misionero (cf. CC 10, 46). Siempre que volvemos a las fuentes de nuestra vocación —la oración, la vida comunitaria, la Palabra de Dios, la Eucaristía, la disponibilidad misionera y la confianza filial en el Corazón de María— la llama vuelve a encenderse.

La celebración de este año está marcada también por un acontecimiento significativo para la vida de la Congregación. El 16 de julio de 2026, a petición del Gobierno Provincial de Sanctus Paulus, la comunidad de Vic-Sallent pasa a ser Casa Generalicia de la Congregación. Su misión será coordinar los diversos servicios que allí se ofrecen a toda la Congregación y a la Familia Claretiana y, sobre todo, fortalecer estos lugares como centros de renovación espiritual y de profundización en nuestro carisma.

Invito cordialmente a todos los Claretianos a sentirnos corresponsables de estos santuarios de nuestros orígenes y a colaborar para que continúen siendo fuentes vivas donde las generaciones presentes y futuras puedan beber inspiración, ardor misionero y renovada fidelidad a nuestra vocación. Que estos lugares santos nos ayuden siempre a respirar el mismo Espíritu que animó a nuestro Fundador y a la primera comunidad.

Quiero expresar también mi más profunda gratitud a la antigua Provincia de Cataluña y a la actual Provincia de Sanctus Paulus. Desde los mismos orígenes de la Congregación y también en momentos especialmente difíciles de nuestra historia, han cuidado, preservado y promovido generosamente estos lugares tan estrechamente vinculados a nuestro Fundador y a nuestro carisma. Gracias a su fidelidad, dedicación y sacrificio, este precioso patrimonio espiritual y misionero ha sido custodiado y transmitido hasta nuestros días. Toda la Congregación les debe un sincero reconocimiento.

Queridos hermanos, hace 177 años el Espíritu Santo reunió a seis misioneros en una pequeña habitación de Vic. Hoy ese mismo Espíritu sigue reuniendo a cerca de tres mil misioneros que sirven en setenta y cuatro países del mundo. La misión es la misma. El Evangelio es el mismo. El Corazón de María es el mismo. La pregunta que permanece abierta para cada uno de nosotros es si estamos dispuestos a dejarnos animar por el mismo Espíritu.

Que el Corazón de María siga reuniéndonos, formándonos y enviándonos. Que ella mantenga vivo en nosotros el fuego misionero que ardía en el corazón de san Antonio María Claret aquella bendita mañana del 16 de julio de 1849, para que las generaciones futuras puedan decir también de nosotros lo que Claret dijo de sus primeros compañeros: que el Señor nos había dado el mismo Espíritu.

¡Feliz aniversario de nuestra Fundación!

En el Corazón de María,

    Panama, 16 de Julio de 2026