Superior Provincial envía mensaje de Pascua – Misioneros Claretianos
Superior Provincial envía mensaje de Pascua – Misioneros Claretianos 20 abril, 2020

Barquisimeto, Venezuela

18 de abril de 2020.

Mensaje de Pascua a la Provincia Colombia Venezuela: Reconstruir la humanidad en medio de la pandemia

 “Todos los que habían creído vivían unidos; compartían todo cuanto tenían, vendían sus bienes y propiedades y repartían después el dinero entre todos según las necesidades de cada uno” (Hech. 2, 44-45)

 

Querida familia claretiana… «Es vital valorar la crisis»:

 

Saludos fraternos en Jesucristo resucitado. En medio de la pandemia del COVID-19, y la manera en la que ha conseguido convertirse en un asunto de urgencia global, no podemos olvidar que estamos en tiempo de pascua, de vidas resucitadas. ¿Tenemos consciencia de ello? La muerte no tiene la última palabra, aun cuando esta nos muestre con mayor radicalidad, la vulnerabilidad y finitud de las que estamos hechos. La alegría del resucitado, memoria de las comunidades cristianas, nos ha legado la apuesta por una vida humanizada y sostenible, pero no absoluta o violenta. Ni ahora ni después, podemos dejarnos vencer por la amnesia o la prepotencia del poder. Esta situación histórica que vivimos es quizá nuestra mayor oportunidad como humanidad: oportunidad para recrear nuestras relaciones esenciales, habitar de otra manera el mundo y cuidar la Casa Común.

 

Desde esta región de la provincia, antes, ahora, y seguro que después del COVID-19, si algo nos salta a la vista es que se nos demanda contribuir a la transformación. Y una de la más urgente, posible y necesaria, es la ineludible respuesta compasiva, solidaria y vinculada de todos los estamentos sociales, gubernamentales, eclesiales y estatales para salir de la crisis social, política y, ahora más que nunca, sanitaria, por la que atraviesa hace un lustro Venezuela, sobre todo su población más vulnerable. Pero también, desde la otra región del organismo, a la sociedad colombiana le urge la oportunidad que tiene para demostrarse a sí misma, que su valorada democracia está en condiciones de responder no solo a la voluntad de construir una paz verdadera y duradera, sino también al desafío complejo de la pandemia, pero cumpliendo con justicia social.

 

Reconocer y significar que, a partir de esto y después de esto, una sociedad humana, con una visión holística, justicia social; que siembra cuidado ecológico, y en la que emerge una visión espiritual que no tenemos en este momento, es la vocación a la que estamos llamados. Esto es lo ulterior, pero por lo pronto, por el bien común y propio, asumamos la cuarentena (la cual no será de prolongación eterna ni es la solución), practiquemos el distanciamiento social, mantengamos hábitos de higiene adecuados, cuidemos a nuestros niños y, por su puesto, a nuestros adultos mayores, respetemos los acuerdos y prescripciones en emergencia, evitemos la intolerancia y la discriminación.

Con una visión de solidaridad global… «La COVID-19: no son solo sus cifras, sino sus dilemas claves»:

Las cifras a nivel mundial crecen exponencialmente tanto las de personas contagiadas, como las de fallecidas. Más de 190 países están siendo afectados por el COVID-19. No se sabe aún, ni se prevé con exactitud, cuan letal y mortal es y puede ser el virus. Con mayor moderación, pero con profunda esperanza se valoran el número de casos de personas recuperadas.  Sumada al análisis de las cifras del COVID-19 a nivel mundial, están los dilemas éticos y sociales profundos que plantea la pandemia, sobre todo en América Latina, o en países con sistemas de políticas públicas deficientes y gubernamentales autócratas, liberales y populistas. En este sentido, aunque desconozcamos el verdadero balance y alcance de esta pandemia, las decisiones que nuestros gobernantes y sus pueblos tomen, no pueden prescindir de las consecuencias traumáticas y devastadoras de la influenza y el ébola, porque estas experiencias, nos han dejado lecciones concretas para tener en cuenta (cf. https://cerosetenta.uniandes.edu.co/5-lecciones-de-la-bioetica-para-abordar-la-crisis-del-covid-19/):

 

  1. La gestión de la incertidumbre. La pregunta que nos es ineludible hacernos es ¿cómo tomar las decisiones éticamente correctas basadas en la evidencia médica, los análisis estadísticos y los aportes académicos que tenemos hasta ahora de la pandemia en un contexto de incertidumbre? Las lecciones aprendidas en nuestra historia reciente nos siguen indicando que hemos de buscar el mayor bienestar y buen convivir de la población, en especial, de las personas y comunidades más vulnerables y desprotegidas, guiado por la evidencia científica y de las ciencias sociales tamizada en el debate público y académico. De igual manera, se deben implementar acciones responsables que busquen proteger la salud mental y la integridad de las personas, incluyendo al personal de la salud y las personas contagiadas y que pueden estar siendo objetos de estigmatización y discriminación.
  2. Buscando la mayor justicia social posible. Si algo está siendo evidente es que todos –más allá de nuestro origen étnico, estatus socioeconómico, de género o etario – estamos siendo y vamos a ser afectados por la pandemia. Pero esta realidad no puede ser excusa para desconocer que los efectos de salud en las crisis que ponen en jaque las políticas públicas sí pueden ser exacerbados por las condiciones y recursos con que cuentan las naciones y sus individuos. En lo que a nuestra Provincia respecta, en sus dos regiones ¿Qué decir de los casi 1,5 millones de venezolanos que viven en Colombia que no cuentan con seguro de salud y sufren los embates de la xenofobia? ¿Cómo garantizar la vida y la salud de las personas discapacitadas a las cuales las medidas de distanciamiento social y confinamiento no son una opción? ¿Qué decir de aquellos que no están muriendo directamente por el COVID-19 sino en parte por los efectos colaterales de las medidas para mitigar y suprimir la pandemia? Por otro lado, la matanza de líderes sociales no da tregua en Colombia. Y en Venezuela, mucha gente sigue muriendo de hambre, no tiene el más mínimo poder adquisitivo, viven bajo una polarización política sin precedentes, así como a la espera de una injerencia y posible invasión extranjera. Generar condiciones de justicia social no solo es un debe de los estados, sino una responsabilidad ciudadana sin distingo, ni acepción de personas.

 

  1. Posicionamiento balanceado entre principio de utilidad y la equidad. En condiciones como las que estamos viviendo esgrimir argumentos a favor o en contra de limitar las libertades individuales o favorecer el “mayor bien para el mayor número de personas” están a la orden del día. Y más en nuestros resquebrajados gobiernos. Sin embargo, en contextos complejos de salud pública, la tarea de priorizar el mayor número de personas no puede dejar en la deriva políticas de equidad social, y se termine de excluir y de revictimizar a algunas comunidad y poblaciones concretas: comunidades indígenas, población LGBTIQ, los adultos mayores, los segmentos poblaciones más empobrecidos; todo estos históricamente en Colombia como en Venezuela, con sus asimetrías, sabemos no han gozado de mayor reconocimiento de sus derechos políticos y fundamentales. En otras palabras, la multidimensional con altos índices de equidad es un reto tanto para Colombia como Venezuela, como desafío a la pandemia.

 

  1. Practicar la solidaridad o nuestra vocación originaria de fraternizar. Solidaridad y fraternidad, no son la una sin la otra. Pero ni solidaridad ni fraternidad se puede confundir con caridad o asistencialismo. En contexto de pandemia urge llenar de significado real estas categorías para que no se conviertan en muletillas o en retórica política, económica, social o eclesial. Solidaridad/Fraternidad es una práctica compartida que intenta por los medios posibles distribuir colectivamente los costos financieros, sociales y emocionales en un determinado contexto (cf. Barbara Prainsack). Para nosotros, la solidaridad/fraternidad no solo es un principio ético, sino un don y criterio de vida evangélicos, por eso nos es un imperativo. En lo que respecta a la solidaridad esta “no puede limitarse a un sentimiento de cooperación colectiva entre compatriotas o entre naciones, sino que obliga a pensar en las injusticias estructurales” (Cf. Carol Gould). El COVID-19 llega, por un lado, a Colombia, en momentos críticos de nuestra vida pública y social, aunado a la legítima desconfianza de poblaciones que históricamente no se han visto involucradas en prácticas de solidaridad y reconocimiento político. Por otro lado, llega a Venezuela, en el punto más álgido de la crisis humanitaria y de sanciones y aislamiento internacional, donde los más empobrecidos están siendo ignorados por el fragmentado oficialismo y la dividida oposición. Ahora más que nunca, a nuestros países hermanos, practicar la solidaridad como un imperativo que enfrente la desigualdad con justicia social.

 

  1. Tomar decisiones responsables, transparentes, dialogadas, sin restringir la libertad de prensa. A nuestros gobiernos legítimos o no (de facto o autoproclamados caso Venezuela) la sociedad civil está en el derecho de exigirles, frente a la gestión de la pandemia (mitigación, supresión y la necesaria pero no tan inmediata vacuna), procesos participativos, abiertos al debate público, al diálogo interdisciplinar y compartido entre la ciencia positiva, las ciencias sociales y las humanidades, centrado en todas las personas (en especial, las más vulnerables) actuaciones éticos, sostenibles y no favoreciendo a intereses individuales de algún sector específico de la sociedad. De igual manera, el contextos como estos que algunos valores liberales sean puestos a discusión (libertad y autonomía personal), esto no significa que se aproveche esta situación como caldo de cultivo para silenciar a la prensa investigativa, independiente y alternativa, o instaurar mecanismos soterrados de control y amedrentamiento social y político (como por ejemplo, las justificación de estrategias injerencistas y belicistas estadounidense para ganar una reelección, la disolución del congreso en Colombia o las plataformas sociales clientelistas del gobierno oficial venezolano), o la proliferación de las noticias falsas o el peligro de los vídeos, audios y cadenas manipuladas para hacer creer que se está ante una fuente original.

 

Desde el aporte de la Iglesia y de nuestro carisma… «Movernos a compasión como el samaritano (Lc 10, 25-37) e iluminar con la pedagogía del maestro (Mt 5, 5-7):

 

El llamado del Papa Francisco sigue siendo tan actual como antes: “La Iglesia tiene que ser más que nunca ‘hospital de campaña’ y actuar institucionalmente con solidaridad concreta”. La crisis del COVID-19 desacomoda a la Iglesia, y la lleva a ubicarse en nuevos discursos y praxis, en la que toda su misión está llamada a volcarse hacia la humanidad entera (sobre toda la humanidad enferma, desprotegida, vulnerable, encerrada y confinada), independiente de las creencias de las personas.

 

Moverse a compasión para la Iglesia – como metáfora del icono del samaritano – no significa que ahora lo haga producto de la crisis humanitaria que enfrenta desde hace años en Venezuela o la que estamos ad portas de vivir o vivimos en Colombia, sino que manifiesta lo más humano y evangélico que ella tiene. Porque su vocación de compasión y transformación humanas no se entiende como actividad que responde a una coyuntura concreta, sino a una misión vital: la concreción del Reino de Justicia, Paz e Integridad de la Creación.

 

La iglesia después del Concilio Vaticano II empezó a tener clara la necesidad de una conversión pastoral integral. En ese sentido, como lo expresó recientemente el Cardenal Baltazar Porras, «Si la Iglesia del postcoronavirus vuelve a ser la de antes, no tiene futuro», porque se la demanda es en su contribución a la construcción de una «conversión social». Y este llamado, no aplica solo a Venezuela, sino también a Colombia, diríamos. El COVID-19 ha desnudado que lo esencial no es lo relativo de la ritualidad, sino que se viva el Evangelio y la alegría que nos trae a pesar de la adversidad y la desesperanza. Tejer un itinerario evangélico al estilo del Buen Samaritano es el desafío:

 

  1. Que reconozca, aprende y enseñe humanidad, denunciando y desenmascarando las prácticas deshumanizadoras;
  2. Que sepa estar presente y consciente de la situación y de los problemas que vive y padece la gente, discerniendo para optar por humanizar;
  3. En el que se contribuya a cambiar el modelo neoliberal por el paradigma del cuidado esencial de la Casa Común;
  4. Que reinvente la forma de tocar y acompañar la vida de la gente con acciones concretas y no traicionando estructuralmente la confianza que estas le brindan;
  5. Siendo gestora y mediadora de procesos de reconciliación, perdón y resiliencia;
  6. Concrete desde procesos de gobernanza acciones concretas que rehabiliten la salud física y emocional de la gente;
  7. Saliendo de prácticas acomodaticias hacia dentro, caminando hacia las periferias demográficas y fundamentalmente las existenciales;
  8. Siendo consecuente con la responsabilidad y misión que tiene en la vida pública: pensando la política, reinsertándose en las comunidades, optando radicalmente por los empobrecidos;
  9. Discernir la estructura eclesial no es función de los beneficios o pérdidas económicas, sino de cara a una nueva dinámica donde sean “los bienes del Reino” el criterio evangélico.

 

En cuanto a nuestra respuesta carismática frente al COVID-19 creemos que son pertinentes y susceptibles de ser leídas en cada contexto, el itinerario propuesto por el Gobierno General de cara a la pandemia (http://www.claret.org/es/tablero/mensaje-a-la-congregacion-la-respuesta-claretiana-a-la-pandemia-covid-19/), así como aquellas que se desprenden de una lectura meditada de todo los capítulos que componen el Sermón de la montaña y que manifiestan la pedagogía de Jesús de Nazaret:

 

  1. Ser conscientes del principio de realidad: resiliencia frente a la vida y sus implicaciones. Se nos pide a toda la familia claretiana (misioneros sacerdotes, diáconos, religiosos, estudiantes, laicos; rectores de colegios y universidades, docentes, personal directivo, administrativo, de servicios complementarios; aliados de cooperación, en territorio y para la acción) ser personas «con-espíritu»: capaces de mantener la lucidez, el cuidado del otro, el respeto por la diferencia, el respeto por los acuerdos colectivos en medio de la crisis, tolerancia cero frente a acciones de violencia en cualquiera de sus formas, estar abiertos a las disposiciones locales frente a temas de ordenamiento social, educativo y sanitario. Pero más allá de esto, pasar esta pandemia y no aprender a humanizarnos, sería un fracaso.

 

  1. Asumir y actuar con principio de responsabilidad ecosistémica con conciencia de la vulnerabilidad. Hermanos es el momento de que adquiramos una nueva conciencia de nuestra relación de interdependencia e interrelación con nosotros mismos, con nuestras familias, con la sociedad y con la naturaleza. Es posible que pensarnos colectivamente es una manifestación de nuestro ser individuo y ciudadano. Valoremos y comprendamos la importancia de proteger la vida en sus múltiples formas: la vida de nuestros vecinos, de nuestros organismos, de nuestra madre tierra, de nuestros campesinos; así como comprender la importancia de respetar y reconocer la procedencia de nuestras fuentes de alimentación y sus cadenas de producción; los procesos ontogenéticos y filogenéticos. Además, entender las implicaciones que tienen nuestros comportamientos individuales en las dinámicas sociales y viceversa. Que este momento de cuarentena no sea un acicate para desmoronar la familia, sino para rehabilitar sus relaciones; para dejarnos vencer por el descuido, sino que desafiemos el pensamiento; para aprender a relacionarnos con pedagogías que motivan a seguir educándonos; para repensar nuestra manera de ser y de habitar este mundo después que superemos la pandemia.

 

  1. Repensar nuestras pedagogías de vida social y cultural. No es solo un llamado gubernamental, sino social, a reevaluar y potenciar las inversiones y los programas relacionados con la responsabilidad social, con la educación, la ciencia y la tecnología y sus impactos en nuestra cotidianidad. Deberíamos preguntarnos ¿son nuestras instituciones y obras responsables socialmente, y si lo son, de qué manera? ¿Estamos siendo conscientes de las posibilidades y de los riesgos del uso de la tecnología? ¿Realmente está contribuyendo a nuestra sostenibilidad? ¿cómo debería ser la educación? ¿Qué papel juega y que implicaciones tienen el desarrollo del conocimiento científico? ¿Cómo está contribuyendo nuestra universidad al debate público entre ciencia positiva, ciencias sociales y humanidades y la responsabilidad que tienen estas áreas para hacer frente a la pandemia y a las formas de pensarnos en el futuro? ¿Está el conocimiento y sus avances supeditados al mercado, siendo este el que determina que se investiga y cuáles son las prioridades de cara a la vida social? ¿Es sostenible y necesaria la carrera armamentística y nuclear de los países desarrollados cuando un enemigo invisible nos está poniendo en jaque? A lo mejor, algunas de estas preguntas, tienen que ser evaluadas con seriedad tras la pandemia.

 

  1. Repensar nuestra convivencia familiar y cuidar nuestra salud mental de la que poco se habla. El imperativo es claro: cuidar la salud emocional de los miembros del hogar, de nuestros familiares y sostener la convivencia pacífica. Ahora ¿Qué hacer para manejar el estrés? ¿Cómo manejar la irritabilidad en la familia? ¿Cómo combatir la apatía? ¿Cómo fortalecer las relaciones? ¿Qué hacer para favorecer la dinámica de vida de los niños? ¿Qué hacer si tengo un familiar que vive solo?, etc. Son preguntas clave que conviene reflexionar en el terreno de la vida diaria (https://prodavinci.com/como-mejorar-la-convivencia-familiar-en-la-cuarentena-por-el-nuevo-coronavirus/). Es el momento de situar en el eje de la vida familiar el cuidado como práctica integradora e incluyente: a todos nos corresponde. Un cuidado que pasar por entender que de todos y cada uno de los miembros de la familia (nuclear, cabeza de hogar, diversa, etc.) depende el bienestar propio y de los demás. Fomentar relaciones atravesadas por el cuidado nos permitirá crear relaciones cotidianas duraderas, no solo al interior del hogar, sino en los espacios públicos contralados, y preguntarnos cómo aún en medio de la distancia que “nos separa” se manifiesta la cercanía de poder manifestar la triple dimensionalidad de amor: efectivo (que posibilita la realización del otro), afectivo (que se enlaza con los sentimientos, la pasión y el deseo) y el amor oblativo (ese que es capaz de dar la vida por los demás). Sin olvidar que esa práctica del cuidado en todas las dimensiones de la vida y la existencia.

 

  1. Volver a las fuentes para construir una espiritualidad para estos tiempos. La pandemia del COVID-19 puede estar poniendo en cuestión nuestras pretendidas seguridades, mostrándonos que, si no cuestionamos nuestro “modus vivendi” y no repensamos “el tipo de sujeto en que nos hemos construido”, o hacemos una inmersión a nuestra profundidad humana y deconstruimos fenómenos y prácticas culturales, no podemos estar inhabilitando como seres humanos, y como sociedad, haciéndonos insostenibles. Necesitamos una espiritualidad evangélica y ética que implique otra forma de relacionarnos con Dios, con la vida, la muerte, con la naturaleza y como seres humanos, de condición humana, vulnerable y perfectible, pero no hay otra.

 

 

Desafiando la creatividad… «El presente es este. Reinventemos el porvenir» …

 

Querida familia claretiana, las crisis aparecen para “darnos la oportunidad de” crear otras formas de vida y realidades que nos permitan «trascender nuestra condición humana» humanizándonos. En otras palabras, es urgente, posible y necesario poner en práctica lo que estamos “condenados a aprender” para ser sostenibles en las próximas décadas. Queda demostrado que no basta con un sistema democrático robusto, sistemas religiosos con estructuras rituales bien definidas, con instituciones culturales tradicionalmente posicionada; más aún, comprobar que nuestros sistemas de salud son precarias, que las políticas públicas siguen respondiendo a sectores parciales de la sociedad, que vivimos en países históricamente desiguales, y que estamos socavando la única casa común que tenemos, es necesario, pero no es suficiente para coexistir en el futuro…Es hora de transformarnos desde lo micro a lo macro, desde los territorios diversos de nuestros países hasta las ciudades más modernas que hemos construido… desde los cimientos de la ciencia fe hasta la densidad de la fe.

 

Feliz pascua

 

Fraternalmente,

 

Luis Armando Valencia Valencia, CMF.

Superior Provincial

 

Ser claretiano + Solidario