Mensaje de navidad del Superior Provincial

Mensaje a la Provincia Colombia Venezuela en Tiempos Incertidumbre y Esperanza

¡Queridos hermanos de carisma y provincia; querida familia claretiana!:

  1. Dios se humaniza cuando asumimos nuestra condición y podemos llegar a ser globalmente humanidad

La fe en el Hijo de Dios hecho hombre en Jesús de Nazaret…

nos permite descubrir cuánto ama Dios a este mundo

y esto nos lleva a comprometernos,

a vivir con mayor intensidad nuestro camino sobre la Tierra

(Papa Francisco, Luz de la fe, n.19).

Celebrar esta navidad, experimentando la primera pandemia de este tercer milenio, significa vivirla en clave de redes sociales y de acelerada infodemia: a los riesgos del virus se le suman los peligros propios de la sobreexposición a la información, la confusión mediada por los populismos, la promesa de una vacuna como “Panacea” médico y político, y la constante sensación de alarma general y miedo colectivo. No solamente nos seguimos contagiando física, sino síquicamente. Aunque por meses hemos permanecido confinados, aislados y con restricciones de movilidad y sociabilidad como la conocíamos, la interiorización, la reactivación de la memoria y el reconocimiento de la vulnerabilidad humanas pueden estar siendo las prácticas individuales, colectivas y culturales que nos conduzcan a la reinvención de nuestra especie. Quizá la reinvención de la humanidad sea el motivo fundamental para vivir, manifestar y compartir con densidad que “Dios se humaniza, toma cuerpo en nosotros, cuando asumimos sus Causas, su Sueño de humanidad”.

La experiencia histórica que estamos viviendo, los esfuerzos científicos actuales y los desafíos éticos que nos mantienen a flote, parece indicar que la pandemia del COVID-19 es un reto superable; pero no nos podemos eximir de la responsabilidad en lo que está ocurriendo y podemos prever, y mucho menos, excluir la potencial y real colaboración que, como individuos y miembros de una sociedad, pudiéramos aportar. Caer en el fatalismo trágico o en optimismo irresponsable, no son opciones viables. Si para algo nos puede servir este año convulso, incierto y posibilitante es para perder la ingenuidad de creernos invencibles, de considerar nuestros triunfos irreversibles, de vivir con la presuntuosa inconciencia y seguridad de la proclamada “mayoría de edad” de nuestra condición. Todavía no advertimos las posibilidades de la humanidad en su camino de humanización. Estamos “en pañales” aún dicho salto cualitativo, y hoy más que nunca, con “tapabocas” y “alcohol glicerinado” incluidos; elementos estos que distan de ser un refugio para nuestra vulnerabilidad y arrogancia de pensar que no nos va a tocar.  

Un hondo y estremecedor poema del poeta venezolano Eugenio Montejo puede ser una inspiración para capacitarnos para la resiliencia en estos tiempos. Con sensible responsabilidad, cada uno de nosotros tiene el compromiso de consolidar la memoria compartida, de preservar lo vivido para el futuro presente y por venir. Asegurar experiencia de la COVID-19 es lo mínimo que le debemos a los fallecidos, al personal de salud, a nuestros hermanos, a nuestros pastores valientes, a nuestros laicos y laicas que nos han ayudado a sostener la misión, y en especial a los niños, niñas, adolescentes, jóvenes y adultos mayores. Esto es un primer paso para tomar las mejores decisiones y volver a reencontrar el sendero de la humanización. Que “Güigüe” al evocar la peste española de 1918, sea una manera de preservar la memoria COVID-19 que aún vivimos:

Esta es la tierra de los míos, que duermen, que no duermen,
largo valle de cañas frente a un lago,
con campanas cubiertas de siglos y polvo
que repiten de noche los gallos fantasmas.
Estoy a veinte años de mi vida,
no voy a nacer ahora que hay peste en el pueblo,
las carretas se cargan de cuerpos y parten,
son pocas las zanjas abiertas,
las campanas cansadas de doblar
bajan y cavan.

Puedo aguardar, voy a nacer muy lejos de este lago,
de sus miasmas,
mi padre partirá con los que queden,
lo esperaré más adelante.
Ahora soy esta luz que duerme, que no duerme,
atisbo por el hueco de los muros,
los caballos se atascan en fango y prosiguen,
miro la tinta que anota los nombres,

la caligrafía salvaje que imita los pastos.
La peste pasará, los libros en el tiempo amarillo
seguirán tras las hojas de los árboles.
Palpo el temblor de llamas en las velas
cuando las procesiones recorren las calles.
No he de nacer aquí,
hay cruces de zábila en las puertas que no quieren que nazca,
queda mucho dolor en las casas de barro.
Puedo aguardar, estoy a veinte años de mi vida,
soy el futuro que duerme, que no duerme,
la peste me privará de voces que son mías,
tendré que reinventar cada ademán, cada palabra.
Ahora soy esta luz al fondo de sus ojos,
ya naceré después, llevo escrita mi fecha,
estoy aquí con ellos hasta que se despidan,
sin que puedan mirarme me detengo:
quiero cerrarles suavemente los párpados.

Esta navidad en pandemia es una oportunidad de oro para replantearnos cómo queremos seguir como humanidad. De poder decidir sobre ella globalmente. Necesitamos definirnos, encontrar nuestro ideal, identificar las causas que vamos a hacer nuestras, aquello por lo que queremos vivir y luchar:

  • Contribuyendo con la erradicación de la pobreza extrema en la que viven millones de personas de nuestras regiones;
  • Reconociendo la verdad, reparación y no repetición a la que tienen derecho las víctimas del desplazamiento forzado consecuencia de medio siglo de conflicto interno en Colombia;
  • Llevando hasta las últimas consecuencias el Acuerdo de Paz, al que un número importante de personas, movimientos y colectivos sociales, de la vida pública y privada, y la comunidad internacional, le han metido pecho, corazón y compromiso histórico;
  • Aportando a la reconstrucción y reconciliación social de nuestro país vecino y hermano, como una forma de generar condiciones para revertir la catástrofe humanitaria, social y política que padece por la infamia oficialista y opositora;
  • Velando por los derechos humanos, económicos, sociales y políticos de nuestros pueblos y culturas; en especial de todas aquellas personas y comunidades que emigran en busca de vidas más sostenible
  • Denunciando que nos podemos estar incapacitando como seres humanos, que nos estamos quedando sin tener posibilidades de realización, que miles de personas siguen muriendo a granel por la burocracia y la corrupción del sistema de nuestros sistemas de salud;
  • Alzando la voz y exigiendo garantías y protección para nuestros líderes y lideresas sociales;
  • Haciendo frente a la endémica violencia que no acabamos de superar, a la política rancia de nuestras regiones que intenta sostener la mediocridad para hacer frente a los problemas reales de las personas y comunidades.
  1. La travesía pedagógica por la que nos ha hecho transitar la pandemia como provincia

«Nuestro planeta es muy frágil, hay que tratarlo con cariño […] La Tierra es

un lugar más bello para nuestros ojos que cualquiera que conozcamos.

Pero esa belleza ha sido esculpida por el cambio: el cambio suave, casi

imperceptible, y el cambio repentino y violento. En el cosmos no hay lugar

que esté a salvo del cambio»

Carl Sagan Los cambios rigen a nuestro planeta y a la humanidad, sean estos epidemias o desastres naturales, políticos, económicos o sociales. Los cambios pueden generar muchas tragedias, pero también pueden crear beneficios a los seres vivos del planeta y a la humanidad. ¿Cuáles han sido los aprendizajes vitales que hemos tenido como provincia en este tiempo COVID-19? Cuatro a nuestro modo de ver han sido los aprendizajes:

  1. . El germen de nuestra misión es el cultivo de la capacidad de mirar la realidad “con los ojos de Dios”, para captar con la sensibilidad del Espíritu los gemidos de nuestros territorios, los anhelos comunitarios de la gente, sus miedos más palpables y sus esperanzas más profundas. De este modo sabemos que actualizar lo fontanal de la misión de la iglesia, que llena de sentido las fuentes de nuestro carisma misionero, solo es posible encarnándonos solidariamente en “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarlos a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia.” (GS.1). Si no nos precede este correlato socio-eclesial, somos un organismo sin densidad espiritual, sin contextos de situación, vacíos de inspiración evangélica, y carentes de la sensibilidad para discernir nuestra condición humana y tocar el corazón de la humanidad de los otros.
  • Como misioneros como familia claretiana—, el tiempo de la COVID-19 ha sido una oportunidad de contar y recuperar la memoria de todos aquellos misioneros y agentes de pastoral que han “bebido” del carisma de la Congregación y nos han legado experiencias auténticas de ser un Hijo del Inmaculado Corazón de María aun cuando ha querido ser la opresión política militar, los asesinatos por odio a la fe y a la religión, los ecocidios y los etnocidios los que han intentado tener la última palabra. De igual manera, nos hemos hecho empáticos con todas aquellas familias y comunidades que han perdido la vida de un ser querido; con aquellos que  para salvar a otros por el esencial hecho de amar su vocación y de apasionarse por una ética profesional, no han podido sobrevivir a la crisis, pero han dejado el mundo con mayores dosis de esperanza. Cada uno de nosotros, cada comunidad claretiana, centro misionero, escenario educativo y reeducativo, e institucional, con los esfuerzos realizados, los recursos y medios empleados, y los impactos generados, seguimos teniendo el compromiso de adaptarnos y consolidar la memoria compartida, de preservar lo vivido para el futuro de las generaciones por venir y las prácticas misioneras a implementar.
  • . La forma tan vertiginosa en cómo se ha propagado el virus de la COVID-19 nos ha llevado a interpretarla como una metáfora de la urgente necesidad que tiene la vida y las relaciones en el planeta de detenerse y replantearse… —así también en nuestro organismo, en nuestras comunidades, o centros misioneros hemos contemplado el detenernos y replantearnos no para entregarnos a la levedad del existir o la monotonía misionera, sino para ver en perspectiva las condiciones de las que estamos hechos, las expectativas que nos alienan y el cúmulo de prioridades que relativizan lo que nos es esencial. Hoy más que antes tenemos que enfrentar y deslegitimar la tendencia a producir y consumir compulsivamente todas aquellas prácticas que nos han agotado como organismo, propuesta misionera y cultural. Esta conducta, más bien desquiciada, ¿pudiera apuntar hacia un vacío interior derivado de la desconexión con lo trascendente? La pandemia nos ha confrontado muchas veces con las formas arrogantes, impositivas y soberbias que pudieran haber caracterizado nuestra vida personal, nuestra vivencia comunitaria y las relaciones misioneras. Si algo ya sabemos es que se nos demanda transformación. Y una de las más urgentes, y que parece estar empezando a manifestarse, es la respuesta compasiva, solidaria y vinculada.
  • Hacia la vivencia de dos acontecimientos del Espíritu: El XXVI Capítulo General de la Congregación Capítulo y el III Capítulo Provincial de la Provincia Colombia Venezuela

La pandemia ha trastocado nuestra vida cotidiana, nuestras agendas previas, campos de acción y posibilidades de actuación. Principio de realidad: asumir, reconocer y reinventar procesos con nuevos horizontes. Pronto celebraremos el XXVI Capítulo General de la Congregación y nuestro III Capítulo Provincial como Provincia Colombia Venezuela como sendos acontecimientos del Espíritu que están llamados reinventar nuestra vida misionera en Colombia, en Venezuela y en el mundo.

  1. En cuanto al XXVI Capítulo General, agosto de 2021

“Un Capítulo General es un acontecimiento de Pentecostés en la vida de la Congregación.

 El protagonista de la renovación y la regeneración de la Congregación es el Espíritu de Cristo.

Queremos invitar al Espíritu Santo a que habite en nosotros

y nos guíe y conduzca hacia nuestro futuro”

(P. Mathew Vattamattan, CMF).

  1. En primer lugar, recuperar la invitación del último Capítulo General sigue vigente en el entendido de que unas de sus invitaciones fundamentales siguen siendo la de explorar nuevas formas y medios para organizar y celebrar asambleas y los mismos Capítulos en la Congregación. El enfoque del próximo capítulo es claro y taxativo: sinodal, narrativo y experiencial. Con lo cual recuperamos los sentidos primigenios del Concilio Vaticano II sobre la forma en cómo ser Iglesia, Pueblo de Dios.
  • En segundo lugar, reconocer la trascendencia del carisma claretiano. La incidencia y capacitación es del Espíritu, con lo cual, se desmonta toda pretensión política, regional o cultural que tergiverse el sentido del Capítulo General. En palabras del General; “nos abriremos interiormente a las sorpresas del Espíritu Santo”. Si el enfoque es sinodal, su fuente es teologal.
  • En tercer lugar, y no por ello menos importante, se piensa y se vive en función de un nuevo paradigma para el Capítulo General. El icono de los Discípulos de Emaús está a la base de dicha trasformación. En palabras del General, “Jesús comprometió a sus discípulos y a sus oyentes a través de preguntas generativas. Pensemos en las preguntas que Jesús hizo, “¿Qué es lo que buscáis?” esta pregunta penetra profundamente en nuestros corazones y nos invita a explorar preguntas más profundas que no nos hacemos: “¿Cuál es el propósito de nuestra vida?”, “¿Por qué estamos aquí?” Todo ello está detrás de muchos de nuestros anhelos y búsquedas”.
  1. En cuanto al III Capítulo Provincial, diciembre de 2021:

Un capítulo provincial es el acontecer de la misión de la Congregación bajo el influjo del Espíritu

en la especificidad carismática y misionera de un organismo y territorio provincial surcando el porvenir”

(P. Armando Valencia Valencia, CMF).

a.     En primer lugar, hemos de hacer un balance del peregrinar que nos ha traído hacía el III Capítulo como Provincia Colombia Venezuela. Valorar nuestros logros y desafíos, reconocer los desaciertos y pérdidas, ponernos de cara a los retos que nos plantea la “nueva normalidad” producto de la pandemia, caracterizada por la ruptura de la solidaridad en medio del, cada vez más acuciante y gigantesco, flagelo de la inequidad social. Son las condiciones de vida de nuestra gente las que se ven expuestas al favorecimiento de las relaciones de exclusión, xenofobia, aporofobia, y las nuevas formas de violencia y desigualdad social. Muchos de nuestros hermanos y hermanas de nación se están viendo forzadas a dejar sus territorios por las luchas internas, por la indolencia gubernamental, las situaciones infrahumanas de vida (de hambre), las amenazas de los grupos de poder al margen de la ley o con la ley. Si esta realidad no hace repensar nuestras formas, contenidos, iniciativas y posiciones, seremos más que “Hospital de Campaña”, “mercaderes del templo”. No podemos olvidar que (a) somos una familia según el legado del P. Claret, y no una empresa; (b) conformamos un Organismo con Espíritu, no una ONG; (c) estamos llamados a reconocernos como una comunidad de diferentes sostenida interculturalmente. No somos monoculturales; (d) estamos llamados a reconocernos como una comunidad de misioneros que cuidan de la vida fraterna. No somos un hogar de paso.

b.    En segundo lugar, para la Provincia llega el momento de evaluar y redireccionar su incidencia misionera y arraigo carismático en las regiones que la conforman, recuperando los vínculos humanos rotos por la ambición del poder, la proliferación de la violencia, las polarizaciones y las heridas sociales y económicas de las formas de gobierno y la emergencia de la pandemia, a través de una reconversión pastoral. Estamos llamados a emprender un camino de discernimiento y conversión integral: de mentalidad y estructura. Nos urge revisar nuestra misión en su ser y quehacer, en la incidencia en la conciencia y la praxis de cada misionero; sentido y finalidad de posiciones; así como la reforma de las pastorales que consideramos esenciales y las revisión y pertinencia de las prioridades y posiciones que tenemos. Nada puede estar por encima del carisma, la inspiración del Espíritu y las necesidades reales de los destinarios y destinatarios de nuestra misión.

c.     En tercer lugar, el carisma que atraviesa nuestro quehacer no puede desmembrarse o difuminarse en mera alusión a estadísticas, crónica de actividades, o en la superposición de interese y demandas que no respondan al proyecto que nos sostiene. El III Capítulo Provincial se propone como un escenario para el discernimiento personal y comunitario, para que en el próximo trienio sigamos haciendo realidad la tarea de configurarnos como testigos y misioneros de la alegría del Evangelio (Jn 20, 20).  En suma, la identidad que compartimos está hecha para retos esenciales. La Provincia también. El Espíritu, el ideario de nuestro Fundador y cofundadores, y el querer del corazón materno de la Virgen María que hicieron posible la creación de la Congregación, son elementos clave que nos impulsan a la andadura y destino de la Provincia Colombia Venezuela con mayor arraigo intercultural. No nos eximamos de esta corresponsabilidad que tenemos en estas regiones hermanadas por sus tierras, culturas y gentes que sueñan con naciones reconciliadas, libres de toda violencia y pacíficas.

d.    En cuarto lugar, como parte de MICLA no podemos dejar de sentir el desafío a nuestra creatividad misionera: 1) en la medida que se nos llama a configurar comunidades sinodales, con espíritu de diálogo, aceptación, cuidado mutuo que sean capaces de abrirse a la “nueva normalidad”, a una era pospandemia en las que las fronteras existenciales y los anhelos de fraternidad y sororidad son ineludibles; 2) valoremos y acojamos en intercesión, ofrecimiento y con todas las condiciones de cuidado a los hermanos ancianos, enfermos e impedidos, y apreciemos e integremos los impulsos renovadores de las nuevas generaciones de claretianos. (MS 48); 3) responder a las iniciativas de posicionamiento congregacional y misionero que optan SOMI, la Reconversión Ecológica, las Nuevas Generaciones, La Biblia en Comunidad, el Noviciado de la Familia Claretiana de América y la creación —que ya tuvo lugar el 28 de noviembre del 2020 del Instituto Teológico de Vida Consagrada para América (ITVCA), como un proyecto al servicio de la formación pastoral, integral y académica de las personas consagradas y de otros discípulos misioneros de la Iglesia que peregrina en América.

  • Despedida

Que esta crisis que estamos viviendo nos permita generar las posibilidades de lograr un proceso de reorganización, revisión de posiciones y reconocimiento de nuestra realidad misionera en las circunstancias históricas en las que se encuentra la región Venezuela – deslastrada por el hambre, carente de servicios públicos, anclada en un sistema político cada vez más autoritario y dictatorial, con aspiraciones electorales fraudulentas –; y la región Colombia en el que un Gobierno inauténtico camina lentamente hacia la puesta en práctica de los Acuerdos de Paz, mientras el país se sumerge en masacres diarias, en la sistematicidad de los asesinatos de líderes sociales, la represión y el cercenamiento de derechos tan fundamentales como el derecho a la marcha, a la libertad de expresión, etc. –.

Que este momento histórico de emergencia sanitaria, sea un tiempo propicio para:

  1. impulsar procesos de diálogo y conversión pastoral como una forma de buscar nuevos modos de participación y celebración eclesial donde todos y todas se sientan responsables de la vida y misión de la iglesia. Porque como expresa el papa Francisco “el camino sinodal es el camino que Dios se espera de la iglesia del tercer milenio”;
    1. suscitar, por todos los medios posibles, espacios de discernimiento colectivo con organismos estatales, movimientos de participación social, agentes pastorales, instituciones educativas y otras iglesias, en que renovemos a la luz de espíritu, nuestra opción por la vida, la reconciliación, la paz, el cuidado mutuo. Porque aportar en la construcción de regiones sostenibles, al restablecimiento de la democracia y la constitucionalidad es posible mediante el encuentro entre diferentes y posiciones adversas, en medio de la constante tarea de crear consensos, y de generar garantías políticas y culturales en los contextos urbanos y rurales;
  • generar creatividad siguiendo la inspiración del Concilio Vaticano II para responder a los problemas reales de las personas: la necesidad de sentirse acompañadas, la angustia de no tener trabajo ni dinero para comprar comida, el miedo a enfermarse y a no ser atendidas debidamente, la soledad del aislamiento, la posibilidad de no poder ver a un familiar morir ni enterrarlo por haber contraído el virus;
  • fomentar, desde lo pastoral (PROCURA), el acompañamiento comunitario en contextos de vulnerabilidad (PROCLADE), y la pastoral de Justicia, Paz e Integridad de la Creación (JPIC), procesos que urgentemente minimicen la disrupción social, el estigma y el impacto económico de la pandemia. Ahora más que nunca necesitamos la creación y el financiamiento de proyecto para el cambio social. Eso no solo se logra a través de aproximaciones internacionales de colaboración y multisectoriales. Cada misionero claretiano debe ser protagonista de ello;
  • reconocer la oportunidad clave de replantearnos cómo queremos seguir siendo como humanidad, a partir del marco de los Objetivos de Sustentabilidad (OdS), que acordaron los países miembros de las Naciones Unidas para contribuir a eliminar, proteger el planeta y garantizar que millones gocen de paz y de prosperidad para la siguiente década;
  • participar en el fomento de los cambios post pandemia urgentes, posibles y necesarios: 1) en la necesidad de mejorar los sistemas de salud pública; 2) en la inversión en ciencia, aprovechando los beneficios de la ciencia abierta; 3) en la práctica de la solidaridad y trabajo en conjunto, para enfrentar en forma más eficiente la crisis global; 4) en el impulso de mejoras ambientales; 5) en el fomento de la industria y el comercio local; 6) y en la promoción de planes de reconstrucción y ayuda global con enfoque ecológico (Rogelio Altez).
  • Urgencia misionera como provincia Colombia Venezuela en la contribución al cambio social que puede venir de muchos sitios y con muchas influencias y que una tarea clave para los humanos es exigir que las formas sociales emergentes provengan de una ética que valore la salud, la vida y la democracia. Aportar responsablemente en esto nos hace estar en sintonía con el horizonte del Evangelio.

En suma, en esta navidad 2020, y sin ser futurólogos, en la navidad del 2021 será ineludible y debemos concientizarlo: salir de la crisis de la covid-19 significa encontrar un modelo de vida que contemple salud y de humanización para todos y todas y no un exceso de causas de muerte para algunos, usualmente los más vulnerables, empobrecidos, víctimas. Comprendamos que la biografía de aquellos que han vivido y fallecido con la COVID-19 debe importarnos a todos. Minimizar las disparidades de salud y las inequidades sociales es lo justo, pero además conveniente a la luz del hecho incontestable de que el siglo XXI es el siglo de las pandemias. Como lo expresa el P. General: “el modo en que afrontemos este momento con fortaleza y esperanza misioneras, y la forma en que vivamos en solidaridad con los hermanos y hermanas que nos rodean, expresarán mejor nuestra fidelidad al carisma del Fundador”.

Que el Inmaculado Corazón de María con su ternura nos acompañe, anime e ilumine la vida y misión que cada claretiano en la Provincia realiza para ser testigos del amor y la esperanza en este mundo.

FELIZ NAVIDAD PARA TODOS Y PROSPERO AÑO 2021 CARGADO DE MUCHA ESPERANZA

P. Armando Valencia, CMF.

Superior Provincial

18 de diciembre de 2020

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